POLVORIN/ Historias de puerto

 

 

 

POLVORIN

Cleofás Díaz, es un hombre ejemplar. Llegó del vecino estado de Veracruz a establecerse en Tampico, en donde a golpes de trabajo y de esfuerzo erigió una respetable fortuna y dio lustre a su nombre hasta alternar con hombres poderosos del puerto.
Recién llegado de su tierra natal, se puso al frente de un coche y lo incorporó como transporte público.
Su habilidad al volante, fue su mayor fortuna. “Seboso”, fue el calificativo que los usuarios dieron a los tripulantes de esos carros de ruta. Por una razón: casi todos, andaban desaliñados, sudorosos y los asientos del vehículo por alguna razón siempre estaban cubiertos de grasa.
Durante años, vivió “del sebo”. (Así denominan los choferes -con cierto orgullo-, su trabajo de choferes). El chafirete Díaz, habilidoso como pocos en las calles jaibas un buen día fue recomendado al empresarios Álvaro Garza Cantú quien requería un chofer de confianza.
Años, sirvió con diligencia y discreción a Garza Cantú.
Cleofás es un típico totonaca. Macizo, chaparro, pelo negrísimo y piel cetrina.
Mirada de soslayo. Sólo habla lo necesario. Tiene, un desarrollado olfato para los negocios.
Con el tiempo y eficacia, el veracruzano se ganó la confianza y el aprecio de su patrón. Responsable, –nunca se supo que hubiera fallado un día al trabajo- atento y respetuoso.
Con la cordialidad construida en la relación con el político, se atrevió a solicitarle un préstamo para un negocio.
Álvaro accedió. Varias semanas, se metió de lleno a levantar su empresa.
Ubicó un sitio sobre la transitada Avenida Universidad e instaló en un sótano, un innovador –para el momento- antro: se especializó en strippers.
Lo bautizó como La Piña; muy probablemente en recuerdo a ese producto que tan bien se cosecha en su natal Veracruz.
Triunfo total: sin rubor, las ricachonas damas del puerto abarrotaron el lugar. Su fortuna empezó a ampliarse.
Tiempo después, La Piña cambió de giro. Cleofás, decidió transformarla en un alucinante Table Dance. Iridiscentes morenas llegadas de lugares tan exóticos como Tantoyuca, Platón Sánchez y Coatzacoalcos, convirtieron en memorable y legendario el sótano de Avenida Universidad.
Leal como pocos, siguió conduciendo el vehículo de Garza Cantú. Echaba periódicas vueltas a su establecimiento y puso al frente de su pesero a su hermano.
La almibarada vida del jarocho, cambió con la llegada al sur del estado de Marco Antonio Bernal Gutiérrez. Buscaba la gubernatura de Tamaulipas. Y lo apoyaba con todo su jefe Álvaro Garza Cantú. Es más: vivía, comía y bebía en el Hotel Posada.
El hasta esas fechas afortunado Cleofás, se sumó a los trabajos del matamorense por la candidatura: fue asignado como chofer del aspirante.
Por las noches, Cleofás llevaba a Bernal a La Piña. Diversión a granel. Por supuesto: barra libre. (Las cuentas presumiblemente se le giraban a Garza Cantú).
Al final, con la derrota a cuestas Marco se marchó de Tampico.
Lo había hecho polvo, Tomás Yarrington.
Ni siguiera se despidió del cochero Díaz.
Fue el inicio de su martirio. Álvaro lo había apuntalado para que el gobernador lo instalara en la Comapa de la zona conurbada.
Ahí cobraba. Y en esa dependencia, conoció a Norma Hernández contadora que se desempeñaba como Directora de Finanzas mientras que Díaz era Director de Comercialización.
Yarrington, transpiraba rencor. Y decidió castigar a los bernalistas.
Le endilgó un fraude, de dos millones de pesos a Norma. Fue a juicio y terminó en la cárcel. Dos años estuvo recluida pagando su militancia en el proyecto de Marco Antonio Bernal Gutiérrez.
Un hijo suyo, nació en prisión. Ingrato el matamorense: nunca metió la mano por ellos.
Cleofás, se salvó por un pelito.
Por esos días, ya con su compañera libre, dicen que dijo: “Ni siquiera dijo adiós; ni pagó los tragos y las tachas que consumió en La Piña…”